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“alrededor de las nueve o diez, estábamos listos para ir a dormir. Y enseguida —antes de que siquiera pudiera quedarme dormido— oímos crujidos en el techo. Lo primero que oímos fueron disparos en el patio. Yo vivía en ese pequeño patio. Y los disparos seguían, uno detrás del otro, y eran cada vez más fuertes y mucho más seguidos. Mientras oía crujidos en el techo, pensaba ‘Gracias a Dios, está lloviendo’. Pero no era lluvia. La casa se estaba incendiando. Era una casa de madera y se prendió fuego. Así que nos vimos obligados a salir. Eran la una o dos de la madrugada y lo único que se veía era gracias a la luz de la luna. Se podía ver todo lo que estaba pasando. De alguna manera, nos escabullimos de la casa y salimos al patio, en medio de la batalla entre alemanes y rusos. Así que salimos en medio de la noche y de inmediato nos arrestaron los alemanes. Hicieron a un lado a las mujeres y se llevaron a los hombres. Y a cualquiera que tuviera puesta una gorra lo obligaban a quitársela. Y a cualquiera que no tuviera cabello lo apartaban y lo fusilaban. Era joven, había perdido mi hogar y era testigo de la terrible masacre de unos ocho o diez hombres. Por suerte, no me llevaron porque tenía cabello y no estaba en el ejército. Buscaban a los calvos porque pensaban que podían ser rusos que se habían cambiado la ropa. Así que se llevaron a la gente... mi padre no tenía mucho cabello, pero probablemente parecía mayor, así que por casualidad a él tampoco se lo llevaron. Los asesinaron y nosotros teníamos que cavar una tumba, un enorme pozo en nuestro patio. Y los enterramos allí”.
Información tomada de: https://www.ushmm.org/
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